viernes, 24 de diciembre de 2010

A bordo del Trans-Mongolian

Texto y fotografías de Alejandro Torres

Todo empezó al momento de tomar una decisión: seguir en el tren para llegar hasta costas del mar de Japón o tomar el tren hacia Ulaan Bataar.  Al consultar la guía de viaje y tener un par de conversaciones en un inglés limitado con varios jóvenes rusos, me entero que el festival Naadam -el más grande y de más tradición en Mongolia- comienza al día siguiente. La decisión estaba tomada.

Abordé el Trans-Mongolian con dirección a Beijing. Mi compartimento era casi inaccesible, por todas partes había mercancía extraña que iba desde sombreros, chamarras de piel y botes con pepinillos hasta cajas de cigarros, chocolates y botellas de vodka. Sentí que estaba en la bodega de una miscelánea. Todos estos bienes pertenecían a mis compañeros de vagón: una pareja mongol dedicada al comercio. Después de intercambiar sonrisas y mostrar  orgullosamente el pasaporte nos hicieron un espacio a mí y a mis maletas.

Fue a escasos kilómetros de Mongolia, en una breve parada de veinte minutos, cuando sorpresivamente se acercaron varias mujeres que vendían un pescado ahumado recién salido de las brasas proveniente del lago Baikal, el más profundo del mundo, llamado “la perla de Siberia”. Es ofrecido en un  paquete con dos pescados envueltos finamente en periódico,  por cincuenta rublos tuve una deliciosa comida.


Durante las once horas y media de viaje, mi compañera de compartimento no paraba de trepar, mover y acomodar todos los paquetes. En cuanto más nos acercábamos a la frontera Rusia-Mongolia, la agitación se intensificaba en todo el tren. Otros pasajeros intercambiaban productos y el corredor estaba en actividad frenética, una escena surrealista.

El tren paró en la frontera. Nuestro compartimento estuvo en calma y los mongoles estaban sentados con gran tranquilidad. Como en una suerte de preparación psicológica para el paso fronterizo.

Se necesitaba de mucha paciencia, pasamos siete horas dentro del vagón con el tren totalmente estacionado. La joven mujer me explicaba  en un quebrado inglés que todos los pasajeros se tienen que presentar ante un agente aduanal. Mientras esperábamos,  la mujer se aplicaba lápiz labial, ajustaba con gran habilidad su vestido aprovechando para meter un par de cajas de cigarros bajo sus faldas. Sus actos eran precisos, meticulosos, claramente lo había hecho antes. Una caja de Mon Chéri era colocada astutamente a lado de sus caderas junto con una botella de vodka; el toque final: un rollo de billetes en denominación rusa acomodado perfectamente en el sostén.

Su marido aprovechaba para poner un par de paquetes de cigarros entre mis maletas, los cuales después  reclamó. La mujer se puso de pie y desapareció.

Regresó a la media hora y por la gran sonrisa que llevaba, me dí cuenta que su trabajo fue un rotundo éxito y como parte del festejo me dieron la más cordial bienvenida a Mongolia.

La llegada a Ulaan Bataar era totalmente esperada por el fervor del festival que se celebra cada año en julio conmemorando la Revolución mongola de 1921.


El festival dura tres días y prácticamente todos los negocios se encuentran cerrados. La ceremonia de inauguración en el estadio Nadaam es de los eventos más importantes del festival, al final se pueden disfrutar de las riquezas culinarias de la zona.

Empecé por probar el más tradicional de los platillos, el “buzz”, que son bolas de harina hervidas con un relleno de carne molida, cebolla y ajo tipo raviol, con variaciones llamadas khuushuur y bansh. La diferencia entre estos es el tamaño, la forma de preparación y el relleno: cordero o res. Los mongoles consideran que la carne rica en grasas es de alta calidad. Estos platillos pueden ser servidos con tomates hervidos y condimentados.


La comida tradicional usa muy poco la verdura, los productos primarios de la gastronomía mongol vienen de sus animales: carne y lácteos.

Acompañado el plato principal, el banshtai tsai o “té mongolés”, elaborado con sal y que puede incluir algún alimento sólido como el buzz, arroz o tallarines,  podría decirse que es un buen caldo o sopa.

Mientras disfrutaba del festival, me encontré con varios puestos callejeros de comida donde se venden brochetas  de cordero, res o pollo cocidas a las brasas.

Sin duda la comida es rica y para un viajero, algo exótica. Al término del tercer día del festival me tuve que despedir de Mongolia para continuar el largo trayecto del transiberiano hacia Beijing.


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