miércoles, 26 de mayo de 2010

El riesgo de patentar las semillas


Por Fabiola Jiménez

El verano pasado colaboré en un estudio antropológico sobre movimientos sociales alrededor de la crisis alimentaria, muy en concreto acerca del maíz. En una conferencia organizada por las Mujeres Artistas y el Maíz escuché por primera vez el término patentar las semillas. Por la seriedad de la idea me pareció que hablarían de alguna fórmula química secreta pero, ¿de semillas?


Normalmente se patentarían medicinas, una marca, una idea, un nombre o algo de propiedad industrial, pero la conferencia era una crítica hacia las principales empresas dedicadas a proveer productos para la agricultura: Monsanto, Cargyl y Bayer, todas ellas farmacéuticas transnacionales. Ofrecen agroquímicos, pesticidas, plaguicidas, herbicidas y las llamadas semillas mejoradas o transgénicas, a las que se han añadido genes resistentes a ciertas enfermedades o plagas.

Tradicionalmente la mejora en el rendimiento de las cosechas se ha hecho de manera empírica: transmitiendo el conocimiento agrícola de generación en generación y heredando semillas de padres a hijos. La introducción de semillas mejoradas ha cambiado este sistema. El temor de lo que pueda suceder radica en que no producen nuevas semillas, pues poseen un gen autodestructivo. Así, cada vez que alguien quiera sembrar tendrá que comprar semillas nuevas y seguramente en un futuro (espero que no sea muy cercano) serán patentadas por alguna de las farmacéuticas que se dedican a fabricarlas. Así, si alguien usa la semilla o crece de manera silvestre en la parcela de algún agricultor (viajando por el viento o transportada por algún animal), podría haber casos de demanda como cuando alguien plagia la letra de una canción.

El riesgo de utilizar estas semillas está en que habremos de comer sus frutos. Si entramos a alguna de las páginas electrónicas de estas grandes corporaciones, nos daremos cuenta de que todas tienen un apartado dedicado a desmitificar los riesgos de la biotecnología. Me parece sinónimo de que algo anda mal y es que ciertamente las cifras que se mencionan me hacen reflexionar: ¿a quién no le pasaría lo mismo al saber que vegetales como la espinaca han perdido 80 % de sus vitaminas, o al darse cuenta que las frutas y las verduras que consumimos duran más de lo que antes duraban y ya no tienen el mismo sabor?

Algo ha cambiado en lo que comemos: los riesgos que estos alimentos representan para la salud y la biodiversidad no son claros. Todo esto parece muy complicado para tratarse de un asunto de comida (una necesidad básica del hombre), como si habláramos del derecho a respirar o a dormir; pero el negocio que empresas como Monsanto ha visualizado podría tratarse de algo muy peligroso.

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