jueves, 22 de diciembre de 2011

El mandarino


Por Claudia Luna


Mi abuela apenas puede caminar, está jorobada y tiene cabellos color leche. Ya no escucha cuando canta el gallo a las cinco de la mañana. Tampoco puede ver los números del calendario, pero su memoria le recuerda que faltan pocos días para Navidad. Además, lo sabe porque el mandarino del patio de atrás ha comenzado a inundar a la casa con su olor amargo y cítrico.

Cada año, mi abuela agarra su rebozo y hace una bolsa con él, lo ocupa para recoger las mandarinas que ha tirado el árbol. Después, las lleva a la mesa de madera y comienza a escogerlas, les quita las hojas y las guarda en una bolsa de cuero, para ponerlas a secar al sol.

Las pela y desgaja. Coloca los gajos en una cazuela de cobre, encima le avienta azúcar, agua y una canela.  Prende la leña y calienta la cazuela con los gajos. Ella se sienta en una piedra y espera más allá del medio día enfrente de la lumbre. Platica con las mandarinas que se cuecen y les cuenta que ya nadie la escucha. Con un palo, mueve en círculos la mezcla espesa de mandarinas, lo lleva a su boca y lo lame. Sonríe y quita la cazuela del fogón.

Grita mi nombre para que  vaya y le ayude a vaciar la mermelada en un jarrón de barro. Tomo la cuchara y la meto en el jarrón, mientras ella cose un trozo de tela para tapar de las moscas a la mermelada. Al final, mi recompensa es chupar la cuchara…

He despertado y mi abuela ya no está. El árbol sigue inundando la casa con su olor amargo y cítrico cada Navidad. 


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