lunes, 5 de marzo de 2012

Una receta ante una derrota



El espejo suele devolverme una versión tergiversada de mí mismo, en la que lo menos importante es qué hay detrás de la mirada. Esto puede deberse a que desde que era un peque, solía confundir la soledad con el abandono, por uno y mil motivos que por el momento no he de ventilar. Esto, a su vez, debe haber generado en mí una suerte de ansiedad retro; de súbito, estoy enredado en las finísimas y molestas redes del acto reflejo, promotor de la alcahuetería más peligrosa; comer compulsivamente… y este es el tema que me compete, me compite y compromete. 



Respire usted, para quitarse de encima este somero intento de autoanálisis que le acabo de enjaretar y escuche en su mente mi pequeña historia de derrota:

Me levanté de mi cama con mi prominente panza por delante y el sinnúmero de malestares que me atañen, cuando vi pasar como en viñetas el frenesí con el cuál me engullí la noche anterior tres cervezas  y una cantidad obscena de tacos que comía más como castigo que como premio. Desdén, desasosiego, desatino, deseo, despertando en mí con cada golpe de culpa. 

Soy lo que como y cómo como, tratando de ahogar lo que sea que siento cuando me siento sentimental. Todo esto pasa cuando hago de la comida un arma de destrucción masiva. Pero en medio de esta guerra, una bandera de paz se alza con la intención de recordarme que la comida es un placer, y con la medida justa, un privilegio: una calma placebo; cocinar, nada más porque la cocina me calma y me hace sentir un poquito menos abandonado.

Pechuga (de ave orgánica que no haya sufrido tanto) rellena de flor de calabaza bañada en salsa de nopal

*Vegetarianos: pueden sustituir por berenjenas, mmmm....

Soy pésimo para picar ajo pero lo logro y lo sofrío (con muy poco aceite) con la flor de calabaza.

En actitud zen, relleno cada una de las babosas pechugas con el preparado de flor. 

Ah, pero antes, (soy muy desordenado), ya había puesto en la licuadora los nopales con cebolla y un par de dientes de ajo. Si me pongo intrépido, le añado albahaca y unas dos pimientas. 

Eso va a la olla, a fuego lento, y entonces sí, a rellenar las pechugas. Ya rellenadas, las echo sin piedad a la olla. 

Se deja cocinar lo que dura la mitad de un episodio de Two and a Half Men para que no quede babosito y a tragar. 

Luego, si ando de buenas, le doy una asadita a unos champiñones con cebolla y los esparzo desordenadamente alrededor de la pechuga bien bañada por la salsa. 

Sabe de lujo, pesa menos que la culpa y se vuelve una victoria en medio de cientos de derrotas. 

A veces, en medio de los trancazos, es cuando más creativo me pongo.

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