jueves, 5 de julio de 2012

Calientito el motemei

Por Luza Alvarado 
Twitter: @luzaenlinea





"Calentiiitooo el motemeeeiii. Lleve motemeiii, motemeiii calentitoooo". 

Escuché el canto a lo lejos y me saltó el corazón. Era el pregonero, el vendedor de motemei. Pensé que no lo volvería a ver porque me había cambiado de casa, pero no contaba con que mi nueva ubicación estaría en su ruta. 

Ha hecho tanto frío que las ventanas están empañadas y es imposible ver hacia afuera. Igual que en los días de lluvia que a uno se le pasa la parada del camión porque desde adentro no se ven más que esferitas borrosas. Abrí la ventana de la sala y me empiné para aguzar el oído. Venía hacia acá. A lo lejos pude distinguir el farolito que lleva colgado en uno de los extremos de la bicicleta. Un farolito con una vela que hoy, con la iluminación de la ciudad, se ha convertido en una metáfora del oficio: un destello que se aferra a morir en el olvido.

Corrí a ponerme el abrigo y las botas. Deprisa, que no fuera a seguir de largo. Una bota, la otra, las llaves. Pasó justo frente a mi ventana. Casi me caigo pero alcancé a asomarme: ¡Señor, espere, ahorita bajo!

Era un milagro. Este vendedor pregonero es uno de los últimos que quedan en Santiago, y parece que también en Valparaíso el oficio ha sido desplazado por las ofertas globalizantes (sushi, pizza, fajitas...). Es un milagro pero también es una pena, porque el maíz que se usa para el motemei es una de las pocas variedades no transgénicas en Chile. Una vez más me lamento por la indiferencia, porque el destino de las semillas originarias está tejido a los oficios tradicionales y a la memoria de los pueblos. 

Mientras bajaba las escaleras a saltos, el canto del pregonero lanzó mi espíritu hasta la ciudad de México. noche de octubre, colonia Roma, vendedor de camotes. El silbato y luego el pregón: ¡Camoteeees, camoteeees! La "e" bien apretada en la garganta, queriendo salirse por la nariz en forma de "i". Otro salto. Mi memoria sonora recorre las inflexiones en las voces de los antiguos pregoneros chilenos: mote de maíz - mote 'e maí - mote maí - mote meí - motemei.  Sorpresa.

Abro la puerta y como un abrazo me envuelve el aroma. Maíz hervido en lejía con fuego de carbón. Maíz ahumado, viento frío. ¿Dónde estoy? Estoy en el mercado de Pátzcuaro a fines de enero, a eso de las 8 de la mañana. El atole de guayaba y las corundas se calientan en un enorme comal. Estoy en Cholula, frente a un puesto de quesadillas a las seis de la tarde, la masa transformándose en tortillas, la marchanta soplándole al anafre, que saca chispas. Estoy en Tlaquepaque, en una antojería, comiéndome un plato de pozole con rábano, bien picosito. Estoy en Santiago de Chile, en invierno, afuera del edificio donde vivo, frente al vendedor de motemei.

–¡Qué suerte tengo! Yo vivía por allá por Bilbao y pensé que ya no lo iba a volver a ver. 
– Ah, sí, usted es la que hacía tortillas con mote –el señor sonrió con toda la cara, le seguían faltando los mismo dientes y se acordaba de mí–. Ahora pasé tarde, sí, pero voy a estar pasando más temprano –movió los plásticos y sacó dos bolsas de medio kilo.
– ¿A cómo son?
– A luca el medio. 
– Deme los dos. 

Nos despedimos felices, quizás yo más que él. Su pregón se perdió al final de la calle mientras yo abría la bolsita en la cocina. Estaba calientito, fresco, tierno. Todos mis sentidos se concentraron en el sabor de la tierra ahumada, húmeda y tibia, todo a la vez. No dejo de repetírmelo: qué suerte tengo.

Los chilenos lo comen calientito con miel o en ensalada, acompañado de pebre o garbanzo. Pero a este mote yo le veo cara de pozole y de gorditas de frijol. Seguro me alcanza con lo que tengo. Y si se acaba, no importa. La semana próxima compro tres paquetes, así puedo invitar a mi gente y que cada quien prepare su versión. 

Acá les dejo el canto del vendedor de motemei. Es el vendedor de Valparaíso. Escúchenlo, es un tesoro. "Calentito el motemei, pela'o el medio".

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