domingo, 30 de enero de 2011

Una mirada a las miradas del vino

Por Gustavo Proal, corresponsal en Europa para Indie Food.

Montpellier, día 4. 

Desde que fui invitado a este evento de los vinos del Sud de France, sabiendo que no soy ninguna autoridad en la materia, entendí que me tocaba hacer lo que mejor sé: echar una mirada a las miradas; las semi ebrias, cansadas, lejanas, coquetas y brillantes miradas detrás de la cultura del vino. 

La mirada franca de un enorme hombre islandés que importa para Noruega y regala confianza a granel. La cándida mirada del irlandés que insiste en la importancia de evitar el esnobismo, recordando que el vino es uno más de muchos productos de la agricultura, que viene de manos campesinas y métodos milenarios. La alborotada mirada de un hombre de la República Checa que mira con pasión a una mujer importadora proveniente de Malasia que, a su vez, parece sonreír todo el tiempo. La mirada infantil de un periodista de Nueva York que tiene siempre un comentario ocurrente y ganas de compartirlo. La mirada de Bonnie que te aborda con miedo, luego cansancio, luego confianza, pues aún siendo joven se ha vuelto aguerrida en apenas cuatro días, tras coordinar al grupo de Estados Unidos. La atenta mirada de un importador irakí siempre serio y distante que contrasta con la despierta mirada de Elodie, quien no ha parado de moverse quizá desde que nació y malabarea problemas con la facilidad de quien se sabe protegida por un equipo entregado. Sonia mira calmadamente mientras el mundo se mueve a un ritmo tremendo, y la tierna mirada de Nelly -una amable traductora del francés al español con la que, curiosamente, compartí unos mojitos en México hace unos meses- hace que me sienta bien, nomás porque sí. 

Los ojitos de Cicerón, un perro harto simpático que se dedica a encontrar trufas, se mueven enloquecidamente como su cola cuando logra su objetivo, quizá porque sabe que será recompensado con un pedazo de queso. 

Aquel músico loco que, durante la cena, canta de todo y hace las veces de disco rayado, mira al público como mirando a sus cuates mientras hace una broma descarada. Las miradas de los importadores se dirigen a mi pecho, sólo para descubrir que porto una poco interesante credencial de prensa. Y mi mirada hace grandes recorridos para poder apreciar todas las miradas.


Son varios los artículos que han de salir de este evento, pues me falta hablar de la visita a la fábrica, a viñedos, de la producción de vinos orgánicos y biodinámicos, de la comida de Sud de France y tanto más. Ya vendrán. Con este post cierro el día a día de la aventura; falta tiempo para saber si el objetivo del evento se ha cumplido o no, aunque el primer paso está dado. Importadores y productores se han sentado a hablar de la posibilidad, del acuerdo, del costo pero sobre todo del vino, el personaje principal de este cuento en el que se suman talentos, experiencias, conocimientos, tecnologías, enología, comercio justo, cultura orgánica y sustentable, grandes y pequeños importadores y productores, todos, trabajando para un fin común: el placer.

Las personas del Sud de France se dedicaron a consentirme desde el minuto uno, haciéndome sentir en casa, haciendo muy difícil la partida. Quiero agradecer especialmente a Elodie le Drean, quien hizo posible mi llegada y dedicó sus tres segundos libres a preguntarme si todo iba bien y platicar un poco, a Laurent Panayoty que dijo que sí a todo, a Bonnie por ser chistosa aunque no quiera y por la traducción en mi entrevista culinaria, y por supuesto a Sonia Augry, quien no me descuidó ni un minuto, me escuchó atentamente y me trató como a un viejo amigo que la visitaba. 

Espero volver a Montpellier muy pronto, pero en vía de mientras, me llevo olores a roble blanco, Mediterráneo y bosque mojado, y gustos que van de lo simple a lo sofisticado que apenas entiendo pero nunca olvidaré. 

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