Por Claudia LunaRecientemente visité un almacén de productos gourmet, estaba buscando ingredientes para una cena entre amigos, planeaba hacer una vinagreta de naranja con estragón para acompañar un pescado. Inmediatamente me abalancé sobre el stand de hierbas y especias frescas, comencé a oler cada ramillete de albahaca, flor de violeta, tomillo y eneldo.
Mientras me maravillaba por lo que mi nariz percibía, un par de adolescentes con uniforme de cocina se acercaron, leían su lista, buscaban y buscaban, pero parecía que no encontraban nada. Tanta fue su desesperación al no hallar lo que necesitaban que una voz resonó ¡Para qué nos complicamos la vida, qué ^*@$%& buscar hierbas para la vinagreta sí ya las hay en frascos! En ese instante sentí como la sangre me hervía hasta el cerebro por aquel comentario, como en cámara lenta vi que caminaban directo a la sección “vida fácil” por aquello de los miles de aderezos, vinagretas y mermeladas listas para abrir y consumir sus misteriosas sustancias.
Estamos tan acostumbrados a comprar paquetes, frascos, latas y comida congelada que ni si siquiera conocemos un 50 % de los alimentos en su forma natural, tal como se dan desde la tierra. Me queda claro que para industria restaurantera la practicidad, rapidez y costo es lo primordial, pero aún así, yo prefiero comer “verdaderamente” y no engañar a mi paladar con mezclas “naturales” de alimentos raros.
Ni las vacas nacen cortadas en Rib-eye, ni el óregano es sólo una hierba seca que usa tu mamá para el pozole, tampoco los pollos se crían en nuggets listos para freír, y mucho menos los aliños y compotas son creación de Stucker’s.
















